Durante años pensé que la rabia era un problema personal, una grieta en el carácter que debía corregirse con disciplina. Hoy creo algo muy distinto: la rabia fue el primer mecanismo de defensa que tuve para seguir viva.
Crecí en dictadura, en un país donde el miedo se filtraba por las paredes de las casas. No era solo un régimen político; era una pedagogía cotidiana del silencio. Mi familia ya venía herida de antes: precariedad, violencias naturalizadas, dolores transmitidos como una herencia sin nombre. Aprendí pronto que había cosas que no se decían y emociones que convenía esconder.
La mía fue una infancia atravesada por el trauma. Hubo maltrato físico y verbal, hubo abuso, hubo negligencias que durante años guardé como si me pertenecieran. Para sobrevivir desarrollé una estrategia clásica: la sobre-adaptación. Ser correcta, no molestar, anticiparme al deseo ajeno. La rabia quedó enterrada bajo la vergüenza.
En la adolescencia esa energía encontró un cauce político. La lucha contra la dictadura me ofreció un lenguaje para mi desorden interno. Odié a los símbolos del autoritarismo con una intensidad que hoy comprendo mejor: detrás de esa furia pública latía una herida privada.
El quiebre ocurrió a los trece años. Frente a los golpes de mi madre dije basta por primera vez. No fue un acto heroico, fue un gesto instintivo de autoprotección. Allí entendí —sin saberlo aún— que la rabia no siempre destruye: a veces inaugura un límite.
Con los años confirmé esta intuición acompañando a otras personas. La mayoría no teme sentir rabia; teme repetir la violencia que conoció. Nadie nos enseñó a relacionarnos con esa emoción sin convertirla en daño. La cultura nos propone dos caminos igualmente estériles: reprimirla o descargarla. Casi nunca escucharla.
La neurociencia ha empezado a nombrar lo que el cuerpo sabe desde siempre. La rabia es una respuesta biológica ante la vulneración de la dignidad. Se manifiesta en la respiración, en la tensión muscular, en ese calor que sube por el pecho. La propiocepción y la interocepción —esos sentidos internos que apenas conocemos— permiten reconocerla antes del desborde y transformarla en información.
Mi propio proceso ha sido lento y corporal. Durante años la ira habitó mis fascias, mi mandíbula, mi estómago. Aprendí a sentirla sin huir: a dejar que pase por la piel, a respirarla, a convertirla en palabra. Hoy puedo vivirla sin convertirla en daño, usándola como brújula para cuidar mis límites.
Lo personal nunca es solo personal. La historia chilena está hecha de rabias no elaboradas: familias fracturadas dentro de un país fracturado. Comprender esto no excusa la violencia, pero permite entender por qué se reproduce y a quién beneficia que sigamos confundiendo rabia con peligro.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de tratarla como una emoción sospechosa. La rabia señala dónde se ha roto algo valioso: un derecho, un vínculo, una frontera íntima. Ignorarla es desprotegernos.
Abrir espacios para sentir sin patologizar debería ser una tarea pública, no un lujo terapéutico. En escuelas, hospitales, comunidades y trabajos necesitamos aprender un lenguaje emocional que incluya la incomodidad, no solo la calma.




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