La Rabia que protege

Durante mucho tiempo la rabia ha sido considerada una emoción indeseable, algo que debía ser controlado o eliminado. Sin embargo, mi experiencia acompañando procesos grupales me ha mostrado lo contrario: la rabia es una respuesta profundamente humana y protectora, un lenguaje del cuerpo que señala que un límite, un valor o nuestra dignidad han sido vulnerados.

He podido comprobarlo tanto en el Hospital José Molina Orosa como en los talleres impartidos a público general. En ambos contextos el trabajo se ha desarrollado en dos partes —una teórica y otra experiencial— y en ambos aparece la misma realidad: la rabia está muy presente, pero existen grandes dificultades para comprenderla y gestionarla de forma saludable.

La realidad en el ámbito sanitario

En el entorno hospitalario, médicos, enfermeras, auxiliares y celadores conviven a diario con situaciones de alta intensidad emocional: dolor, miedo, frustración, urgencia y duelo. La rabia emerge con frecuencia como respuesta natural ante la sobrecarga y la impotencia, pero apenas existen espacios donde pueda ser nombrada, contenida y elaborada.

La mayoría de los profesionales no han recibido formación para relacionarse con esta emoción y, a menudo, se interpreta como un problema individual cuando en realidad es un fenómeno biológico y relacional. Como plantea Gabor Maté, las emociones no son fallos del sistema, sino mensajes del organismo que buscan preservar la vida y el equilibrio. La rabia aparece cuando algo esencial necesita ser defendido.

El sistema sanitario tiene un desafío pendiente: crear estructuras donde lo humano tenga lugar más allá de lo estrictamente biológico. La pregunta que surge una y otra vez es clara: ¿cuándo y dónde pueden los equipos detenerse a sentir lo que viven?, ¿quién cuida a quienes cuidan?

Lo que ocurre en la sociedad

En los talleres abiertos al público general la conclusión es similar. Compartimos una misma carencia: no hemos aprendido a relacionarnos con nuestras emociones. La educación emocional sigue siendo una asignatura pendiente y, cuando se aborda, suele hacerse casi exclusivamente desde lo cognitivo, como si comprender intelectualmente fuera suficiente.

El cuerpo continúa siendo el gran olvidado. Seguimos entendiendo las emociones solo como procesos psicológicos, cuando en realidad son también biológicos, fisiológicos, sociológicos y ontológicos. Sentir rabia, tristeza, miedo o alegría no es un defecto ni un síntoma de enfermedad: es parte de la vida.

El cuerpo y los nuevos sentidos reconocidos por la neurociencia

Hoy la neurociencia nos habla de dos sentidos esenciales para el bienestar emocional: la propiocepción y la interocepción.

La propiocepción es la capacidad de percibir la posición y el movimiento del cuerpo en el espacio: cómo están mis pies, mis hombros, mi mandíbula, qué grado de tensión o de apertura tengo. Este sentido nos permite recuperar límites claros, presencia y estabilidad.

La interocepción es la percepción de las sensaciones internas: el ritmo del corazón, la respiración, el calor, la presión en el pecho o el nudo en el estómago. Gracias a ella podemos reconocer qué emoción está emergiendo antes de que se convierta en desborde.

Ambos sentidos son fundamentales en el trabajo corporal, porque la autorregulación no nace del pensamiento, sino de la capacidad de sentirnos por dentro. Cuando la propiocepción y la interocepción se afinan, el sistema nervioso recupera su habilidad natural para volver al equilibrio.

Un trabajo desde el cuerpo

Mi propuesta se fundamenta en dos ejes principales: la escucha corporal y la bioenergética. A través de estas metodologías aprendemos a notar lo que ocurre en el organismo, a diferenciar activación de desborde y a permitir que la emoción encuentre una vía de expresión segura.

No se trata de controlar la rabia, sino de comprender su sentido. Cuando el cuerpo es escuchado, la rabia deja de ser una amenaza y se convierte en orientación: revela necesidades no atendidas y nos devuelve la posibilidad de cuidarnos.

Quizá el cambio comienza al formular otra pregunta:

  • no ¿cómo elimino mi rabia?,
  • sino ¿qué intenta proteger en mí?

Próximo taller: La tristeza

Siguiendo esta misma línea de trabajo, el próximo 24 de enero convoco un taller dedicado a La tristeza, emoción que también ha sido abordada en el Hospital José Molina Orosa. Exploraremos su función biológica y relacional, combinando una parte teórica con un espacio experiencial basado en la escucha del cuerpo, la propiocepción, la interocepción y la bioenergética.

Crear lugares donde las emociones puedan ser comprendidas y habitadas es una necesidad social urgente. No para patologizar lo que sentimos, sino para recuperar nuestra capacidad natural de autorregulación y bienestar.

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